ZIPACNÁ Y
LOS CUATROCIENTOS MUCHACHOS
(fragmento)
Zipacná se estaba bañando a la orilla de un
río cuando pasaron cuatrocientos muchachos, que llevaban arrestado un árbol
para sostén de su casa.
(…) -¿Qué están haciendo, muchachos?
-Sólo es este palo –respondieron-, que no
lo podemos levantar y llevar en hombros.
-Yo lo llevaré. ¿A dónde ha de ir? ¿Para
qué lo quieren?
-Para viga madre de nuestra casa.
(…) Los cuatrocientos muchachos conferenciaron enseguida y
dijeron: - ¿Cómo haremos con este muchacho para matarlo? Porque no está bien lo que ha hecho levantando él solo
el palo. Hagamos un gran hoyo y echémoslo para hacerlo caer en él. (…) Después
llamaron a Zipacná.
-Nosotros te queremos bien. Anda, ven a
cavar la tierra porque nosotros ya no alcanzamos –le dijeron. (…)
Enseguida bajó al hoyo. Y llamándolo mientras estaba cavando la
tierra, le dijeron: -¿Has bajado ya muy hondo?
-Sí –contestó, mientas comenzaba a abrir el
hoyo, pero el hoyo que estaba haciendo era para librarse del peligro. (…)
(…) Por último, los llamó Zipacná; pero
cuando llamó ya se había puesto a salvo dentro del hoyo. (…) Entonces los
muchachos arrojaron violentamente su
gran palo, que cayó enseguida con estruendo al fondo del hoyo. (…)
-Mañana veremos y pasado mañana veremos
también si no vienen las hormigas entre la tierra cuando hieda y se pudra.
Enseguida se tranquilizará nuestro corazón y beberemos nuestra chicha –dijeron.
Sin embargo, Zipacná estaba bien vivo. Y
así los cuatrocientos muchachos creyeron que había muerto, y al tercer día
dieron principio a la orgía y se emborracharon todos los muchachos. (…)
Enseguida Zipacná dejó caer la casa
sobre sus cabezas y acabó de matarlos a todos. (…) Así fue la muerte de los cuatrocientos
muchachos, y se cuenta que entraron en el grupo de estrellas que por ellos
se llama Motz, aunque esto tal vez será
mentira.
Tomado de Popol Vuh, primera parte, capítulo VII.
Versión de Adrián Recinos.
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