LA
ARAUCANA
Canto II
(fragmento)
Pares sois en valor y fortaleza; el cielo
os igualó en el nacimiento; de linaje, de estado y de riqueza hizo a todos
igual repartimiento; y en singular por ánimo y grandeza podéis tener del mundo
el regimiento: que este precioso don, no agradecido, nos ha al presente término
traído.
(…)
Ufano andaba el bárbaro y contento de
haberse más que todos señalado, cuando Caupolicán a aquel asiento sin gente a
la ligera había llegado: tenía un ojo sin luz de nacimiento, como un fino
granate colorado; pero lo que en la vista le faltaba en la fuerza y esfuerzo le
sobraba.
Era este noble mozo de alto hecho, varón de
autoridad, grave y severo, amigo de guardar todo derecho, áspero, riguroso,
justiciero, de cuerpo grande y relevado pecho, hábil, astuto, sagaz,
determinado, y en casos de repente reportado.
(…)
Con un desdén y
muestra confianza asiendo del troncón duro y ñudoso, como si fuera vara
delicada, se le pone en el hombro poderoso: La gente enmudeció, maravillada de
ver el fuerte cuerpo tan nervoso; la color a Lincoya se le muda, poniendo en su
victoria mucha duda.
El bárbaro sagaz
despacio andaba, y a toda priesa entraba el claro día; el Sol las largas
sombras acortaba, más él nunca descrece en su porfía: al ocaso la luz se
retiraba, ni por esto flaqueza en él había: las estrellas se muestran
claramente, y no muestra cansancio aquel valiente.
(…)
Era salido el Sol,
cuando el enorme peso de las espaldas despedía, y un salto dio en lanzándole
disforme, mostrando que aún más ánimo tenía: el circunstante pueblo en voz
conforme pronunció la sentencia, y le decía: Sobre tan firmes hombros
descargamos el peso y grande carga que tomamos.
Alonso de Ercilla
(español)
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