EL NEOLIBERALISMO: la utopía de una explotación sin límites
(fragmento)
El movimiento
hacia la utopía neoliberal del mercado puro y perfecto, hecho posible por la
política de desregulación financiera, se cumple por medio de la acción
transformadora y, hay que decirlo, destructora de todas las medidas políticas
(la más reciente de las cuales es el AMI, Acuerdo Multilateral sobre
Inversiones, destinado a proteger a las empresas extranjeras y sus inversiones
contra los Estados nacionales) que apuntan a cuestionar todas las estructuras
colectivas, capaces de poner obstáculo a la lógica del mercado puro: nación,
cuyo margen de maniobra no para de decrece, colectivo de trabajo, por ejemplo,
a través de la individualización de los
salarios y de las carreras en función de las competencias individuales, con la
consiguiente atomización de los trabajadores; colectivos de defensa de los
derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas; familia,
incluso, que pierde parte de su control sobre el consumo mediante la
constitución de mercados por edades.
La mundialización
de los mercados financieros, asociada con el progreso de las técnicas de
información, garantiza una movilidad sin precedentes de los capitales y les
otorga a los inversionistas –preocupados por el rendimiento de sus inversiones-
la posibilidad de comparar de forma permanente la rentabilidad de las
principales empresas y de sancionar los fracasos relativos en consecuencia. Las
mismas empresas, expuestas a esta permanente amenaza, tienen que ajustarse cada
vez con más rapidez a las exigencias de los mercados; eso, so pena como dicen,
de “perder la confianza del mercado” y, por tanto, el apoyo de los
accionistas, los cuales, preocupados por
la rentabilidad a corto plazo, son cada vez más capaces de imponer su voluntad
a los managers, de ponerles normas, a través de las direcciones financieras, y
de orientar su política en materia de contratación, empleo y salario.
Así se va
instaurando el reino absoluto de la flexibilidad, con contratos a término fijo
o por ínterin y los “planes sociales” a repetición, así como la competencia
interna, en cada empresa, entre filiales autónomas, entre equipos obligados a
la polivalencia, y por fin entre individuos, mediante la individualización de
la relación salarial: fijación de objetivos individuales; entrevistas
individuales de evaluación; evaluación permanente; alzas individuales de
salarios u otorgados de bonos según la competencia y el mérito individual;
carreras individualizadas; estrategias de “responsabilización” tendientes a
garantizar la autoexploración de algunos ejecutivos a los que, aun cuando son
imples asalariados bajo fuerte dependencia jerárquica, se los considera
responsables por sus ventas, sus productos, su sucursal, su tienda, etc., como
si fueran “independientes”, exigencia de “autocontrol”, que, siguiendo las
técnicas del “management participativo” extiende del “involucrado” de los asalariados
mucho más allá de los puestos de mando. Técnicas de subordinación racional que,
mientras imponen un compromiso racional excesivo así como la urgencia
permanente en el trabajo, a todos los niveles y no sólo en los cargos de
responsabilidad, coadyuvan a debilitar o desaparecer las referencias y las
solidaridades colectivas.
La institución
práctica de un mundo darwiniano de lucha de todos contra todos, en los niveles
de jerarquía, mundo que en la inseguridad, el sufrimiento y el estrés
encuentran los resortes de la adhesión a
la tarea y a la empresa, probablemente no podría tener tan completo éxito si no
contara con la complicidad de las disposiciones precarizadas producidas por la
inseguridad y la insistencia, en todos los niveles de la jerarquía y hasta en
los más altos, entre los ejecutivos, de un ejército de reserva de mano de obra
amansada por la precarización y la permanente amenaza del desempleo. El
fundamento último de todo este orden económico que enarbola lavandera de la
libertad es, al final, la violencia estructural del desempleo, de la
precariedad y de la amenaza del despido que conlleva; la condición para el
“armonioso” funcionamiento del modelo microeconómico individualista es un
fenómeno de masas, la existencia del ejército de reserva de los desempleados,
esa especie de darwinismo moral que instaura la lucha de todos contra todos y
el cinismo como norma de todas las prácticas.
Pierre Bourdieu,
traducción de Álvaro Hernán Moreno Durán,
revista Nueva Gaceta, No. 2, abril de 2001, págs. 7-11.